Boletín de Recursos Humanos - Número VI - Año II
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En los
últimos años he oído con frecuencia a operadores del sector de los RRHH hablar
con actitud casi religiosa de “medir el potencial”, como si fuera algo
esotérico o exclusividad de mágicos sacerdotes del alma humana.
Para
aclarar de entrada una cuestión menor, relativa a la propiedad de lenguaje, en
nuestro idioma la palabra “potencial” es un adjetivo, como caluroso,
cansado o auténtico, y no puede ser
medido. La potencialidad, el calor y el cansancio, que son substantivos,
eventualmente sí.
Potencial
indica algo que todavía no es, no llegó a tomar forma, no es “acto” y, por
tanto, no se puede “medir” (salvo en física, en la que es una forma de la
energía que puede transformarse en otra).
Esta patraña de “medir” el potencial ha sido
inventada –junto con otras innumerables– con la finalidad marketinera de vender
viejas ideas en nuevos libros. Me ahorro y les ahorro el trabajo de polemizar
por conceptos expuestos en algunos de éstos ya que es mejor dedicar el tiempo a
cosas más importantes.
En palabras
simples puede decirse que capacidad potencial es la que un organismo tiene para
hacer algo que no hizo antes, si se le diera la oportunidad. Se diferencia del
concepto de capacidad real, que es lo que el organismo ya probó que puede
hacer.
Un gato que
se trepó a un árbol tiene, en lenguaje común, capacidad (real) para subirse a
ese mismo árbol o árboles parecidos y, quizá, capacidad (potencial) para
subirse a una roca lisa. Un ganador de los cien metros llanos demostró capacidad
(real) para ganar esa carrera y otras de la misma longitud y, tal vez, tenga
capacidad (potencial) para ganar los doscientos o la media milla.
Lo único
que en todos los casos y en forma relativa es mesurable es la capacidad real. Y
ésta no es otra cosa sino el conjunto de las viejas y conocidas competencias o
habilidades. Para el caso de los humanos en el trabajo observo su estado
físico, sus habilidades de percepción, comprensión, memorización y solución de
problemas; pondero sus conocimientos teóricos, reflejados en títulos o en
respuestas a preguntas, y su experiencia práctica; aprecio su adecuación a las
relaciones sociales y su desenvolvimiento profesional en la decisión,
dirección, motivación etc. Si quiero ser más cuidadoso refiero los datos recogidos
a algún parámetro numérico y hago lo que, sin demasiada rigurosidad científica,
definimos en psicología “medición”, que me sirve para colocar a alguien por
encima o por debajo de otros. Hasta aquí he hecho lo que siempre hice para
saber si un individuo es idóneo para una determinada función. No medí ningún
“potencial” sino su “capacidad”, entre comillas porque el concepto es demasiado
volátil para ser aprehendido con bases sólidas.
¿Podré
hacer algo más?
Sí, siempre
y cuando no se me ocurra hablar de “mediciones”, que deben tener la connotación
de ser objetivas o, como mínimo, sugerir algún grado de objetividad. Lo único
que puedo hacer es emitir un juicio subjetivo –si bien basado en observaciones
de algunos hechos ocurridos- de que el sujeto en examen generalizará ciertas
conductas específicas, dadas ciertas circunstancias. En esto, y sólo en esto,
consiste, no la “medición” de la potencialidad, sino su “evaluación”.
Así puedo
pensar que si un niño reconoce el rojo de un cubo reconocerá pronto los rojos
en otros objetos; puedo pensar que una persona que toma decisiones correctas y
rápidas en la línea las tomará en las reuniones de jefaturas y podrá por ello
ser ascendido. Por cierto hace falta
que mis observaciones sean acertadas y que mi juicio no esté viciado por sentimientos de simpatía o antipatía
(prejuicios) que tengo hacia la persona. Además, desde un punto de vista objetivo, será necesario
que ésta no sufra en el futuro disminuciones físicas o pérdidas de motivación.
Un joven campeón de fútbol que se desgarrara un músculo o se enamorara
locamente dejándolo todo o se sintiese mal pagado haría caer cualquier
predicción sobre su potencialidad.
Evaluar la
potencialidad no es entonces otra cosa que emitir un pronóstico muy subjetivo-
más o menos fundado- de que un individuo que tiene hoy ciertas habilidades en
algo puede mañana generalizarlas y
ampliarlas, aunque siempre en relación a ese algo.¡No se puede pretender que un
investigador de gran potencialidad para la química se demuestre otro tanto
hábil en cocinar!¡Aunque no esté excluido que esto suceda!
La
evaluación será tanto más correcta cuanto más reduzca la subjetividad y se
apoye en datos objetivos, si bien una objetividad total no es sino un deseo. De
todos modos a alcanzarla en cierto grado pueden contribuir algunos instrumentos
como una evaluación circular que, respetando los principios de anonimato,
generalidad y observabilidad, elimine el juicio unipersonal del jefe, o algunos
tests que, con las precauciones del caso, permitan entrever probabilidades de
conducta con comprobado grado de acierto.
Para dar un
ejemplo, basado en nuestras propias clasificaciones DISC, puedo suponer que, si
cuento con alguien dotado de un alta “I” (tendencia/potencialidad real hacia
las relaciones sociales) y lo envío a cursos de protocolo y política internacional, todo aquello que
aprenderá se sumará a lo que tiene para llevarlo a actuar como hábil
comunicador en los encuentros internacionales.
Espero como de costumbre sus comentarios.
Marino Milella
Escríbanle a Marino: mmilella@counselors.com.ar