Boletín de Recursos Humanos - Número XI - Año II
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Los
ingresantes a una Empresa deberían saber mucho más respecto de quienes los están
esperando que lo que se comenta en una entrevista de selección o
inducción
Esto
ocurrió hace unos cuarenta años. No podría ocurrir ahora. ¿O
sí?
Mi amigo Luis, con el título de economista aún mojado de
tinta, fue seleccionado por una Empresa de primera línea para desempeñarse como
consultor, asistente, asesor, mano derecha y galopín del presidente. ¡Así de
precisa era la definición de roles! Peor aún, ¡dos personas que debían trabajar
juntas en gran confianza ni siquiera se habían visto una sola vez!
El
día del ingreso el responsable de la selección –Javier- acompañó a Luis a un
escritorio provisorio, le dijo que el presidente estaría ausente por unos días y
que esperara hasta su regreso para saber qué debería
hacer. Esperó. Quince días sin hacer nada. Eso resultó muy aburrido
para él y mal ejemplo para quienes ocupaban los escritorios cercanos. “En ese
entonces” –decía mi amigo- “yo no había aún adquirido la viveza de parecer
atareado aunque sólo estuviese soñando nubes e islas del Caribe”.
Javier
le comentó que esto podría afectar la moral de la oficina y, pidiéndole
disculpas por lo que sucedía, depositó sobre su escritorio un voluminoso
cartapacio para que efectuara un análisis jurídico de un conflicto contractual.
Luis no tenía al respecto ningún conocimientoy destacó que en las entrevistas de
selección había quedado bien claro que lo que él sabía hacer –excelentemente,
según los antecedentes- era manejar temas de economía. El otro reconoció que eso
era cierto, pero insistió en pedirle que hiciera el esfuerzo. Luis se puso
firme, no por mala voluntad sino porque no tenía realmente la menor noción de
todo eso. Javier pareció conformarse con las explicaciones y le pidió un poco
más de paciencia. Debido
a que mi amigo era entusiasta y dinámico, con ganas de hacer cosas y ponerse a
prueba, pero de poca paciencia, tras otros veinte días de contemplar el
cielorraso sin que el misterioso presidente apareciera, fue a ver Javier y le
dijo que se iba. Aquél no supo qué contestarle, intentó dos o tres palabras de
justificación, alegó que tal vez deberían haber buscado a un abogado y no a un
economista, y finalmente aceptó la renuncia, pagando todas las indemnizaciones
del caso y un premio aparte por el daño moral. Así
terminó sin pena ni gloria el primer intento de un joven talento para trabajar
en una empresa. Él perdió tiempo y ganó dinero. La Empresa perdió tiempo y
dinero. Lo que hubiera podido ser un fructífero casamiento se frustró antes de
comenzar. Lo
que le ocurrió a Luis es sin dudas un episodio extremadamente anómalo -y quizás
imputable a malas prácticas del pasado: la Empresa no sabía bien lo que
quería y para qué; el candidato no sabía qué papel le
tocaba interpretar. Hoy
en día las Empresas, por lo menos las importantes, suelen saber lo que quieren.
Toman un empleado sólo cuando está demostrada su improrrogable necesidad, trazan
un perfil de sus funciones y lo seleccionan de una manera que, con razón o no,
reputan bien hecha. Por
el otro lado los ingresantes siguen sabiendo poco de lo que tendrían que saber
para abrirse paso entre los arrecifes de una Empresa. Es por esto que un buen
número de personas de valor concluyen prematuramente su contrato y otras se
quedan sólo dormitando porque, en un mercado sin demanda, carecen de otras
perspectivas. Guardan en el cajón sus habilidades y arriesgan lo menos posible. Y, como de costumbre,
ellos y la Empresa pierden tiempo y dinero. El
ingresante suele saber, por lo que
le dijeron en las entrevistas de selección, que sus competencias técnicas son
presumiblemente adecuadas a la posición. Nadie, ni las organizaciones más
desorganizadas (se me perdone el juego de palabras), contrataría a personas no
idóneas para la tarea de que se trata, salvo que la elección recayera en amigos
o familiares o se hiciera con fines de ayuda humanitaria. Sabe
además cuáles van a ser sus emolumentos y los beneficios especiales, aunque no
tenga muy en claro, por ejemplo, en qué ocasiones es posible solicitar una
licencia o un préstamo. Es
probable que también sepa, por una charla de inducción o un coloquio previo con
su jefe, “de qué se trata todo esto y quiénes somos”, lo que tiene que hacer,
por qué y para qué y a quiénes va a reportar. Pero,
¿cuántas cosas probablemente ignora? Es
probable que desconozca totalmente cuáles son las características de las
personas con quienes se va a relacionar, esto es quiénes son los leones,hienas, zorros,
pájaros multicolores, corderos que van a facilitar o dificultar su
desempeño. Este
tipo de “datos” se transmiten a veces desde el primer día en un grupo de
operarios, para los que el compañerismo suele estar bastante desarrollado, por
lo menos en relación a los ingresantes, pero es muy raro entre empleados de
escritorio e inexistente en posiciones jerárquicas. Una
convicción tácita sostiene que entre las habilidades del ingresante debería
figurar la de captar y manejar los humores y las idiosincrasias de los colegas
y, sobre todo, de los superiores. Sin embargo ésta es una dote poco común, a
pesar de que muchos crean vanidosamente poseerla. Prueba de ello es la cantidad de agresiones y enemistades
sin motivos concretos en los lugares de trabajo. No
hay duda de que sería absurdo pedirle al responsable de la selección o inducción
que se tomara la responsabilidad de clasificar como buenos o malos, vivos o
zonzos, a los miembros de la Empresa, por más que tuviera su juicio hecho. Y,
aunque se animara a hablar, no habría ninguna garantía del acierto de sus
afirmaciones.
Ayudar
al ingresante a manejar estas situaciones sería sin embargo beneficioso, por más
complejo que pudiese resultar. Tal
vez debería considerarse que, al igual que la formación técnica permanente, que
tiene como objeto mantenerse actualizado en las innovaciones que van apareciendo
en el campo de la producción, el marketing o la legislación, debería haber otra,
también continua, que se extendiera al campo de los procesos interpersonales y
monitorease la interacción a lo largo del tiempo. Quizás esto parezca un exceso,
pero la protección del capital humano en mercados altamente competitivos
justificaría la inversión. Los costos de desaprovechar o perder elementos
válidos por conflictos de personalidades son mayores. ¿Cuántas Organizaciones
han perdido por esta causa a directivos de primer nivel? ¿Cuántas Empresas están
corroídas por conflictos, no de poder sino de piel, entre sus empleados?
¿Cuántas tienen empleados con potenciales ocultos no utilizados porque no se
utilizan técnicas adecuadas para reconocerlos, motivarlos y desarrollarlos? Un
ingresante debería también saber –y rara vez lo sabe- cuánto de su trabajo va a
consistir en meras aplicaciones técnicas de sus conocimientos, por ejemplo, para
un abogado el estudio de expedientes legales, y cuánto en reuniones,
discusiones, presentaciones orales y escritas. Alguien muy habilidoso en
argumentar por escrito podría tener dificultades en las manifestaciones verbales
y viceversa. Alguien sereno en una conversación privada podría confundirse en
público. Si no logra integrar sus habilidades –y es posible hacerlo- verá
disminuidas sus posibilidades de éxito. Finalmente
es importante, sobre todo para los jóvenes, tal vez poco maliciosos y poco
expertos de la vida, saber de antemano o advertir rápidamente cuáles son los
comportamientos ganadores. ¿Se premia la conservación o el cambio; decir lo que
se piensa o lo que el jefe quiere escuchar? ¿Y quiénes son los que llegan a la
cumbre? ¿Los que juegan al golf con el jefe o los que saben; los que arriesgan o
los que frenan? Y, en su caso, ¿hay discriminaciones, veladas pero efectivas, de
género, etnia, religión o convicciones políticas que bloquean ascensos y mejoras? Saber
interpretar todas las señales es tan importante como entender el color de los
semáforos en una avenida central de la ciudad. Veamos como ejemplo la situación
de un empleado que quiera progresar y, por tanto, necesite actuar de la manera
que le brinde el mayor porcentaje de probabilidades de éxito. En la relación con
su jefe él deberá tener la habilidad de determinar si éste le fija metas muy
ambiciosas: a)
porque
lo aprecia y lo quiere orientar hacia el triunfo personal b)
porque
quiere participar de sus ganancias (eventuales comisiones de venta a
repartir) c)
porque
quiere lucirse de resultados ajenos ante sus propios
superiores d)
porque
está buscando un pretexto para sancionarlo o despedirlo e)
porque
sólo cumple con su deber y la filosofía de la Empresa Percatarse
de esto no le asegurará el triunfo pero le permitirá reaccionar del modo más
inteligente, confiando y esforzándose en unos casos o abriendo el paraguas en
otros, dándose cuenta de que en ese
lugar no tiene caminos. Como
estamos a fin de año y hay que hacer proyectos para el nuevo, les deseo a mis
lectores que en el 2004 dediquen más tiempo a “auscultar” las pulsaciones de sus
compañeros de trabajo para evitar peleas improductivas y aprovechar
oportunidades.
Marino Milella Escríbanle a Marino: mmilella@counselors.com.ar