Boletín de Recursos Humanos - Número XIV - Año III
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Conocimiento y Motivación - Parte I
Diálogos sobre la Motivación (Ecos de la Parte I)
En la parte I habíamos
interrumpido el retrato del nuevo jefe de oficina -Juan- a la espera de
observar comportamientos que
nos permitieran sacar conclusiones más fundadas sobre sus características,
preferencias y aversiones. Veamos
qué puede suceder.
Juan
podría decirnos “buenos días” mientras nos echa una mirada de indiferencia.
Podría atisbar una cortés inclinación de la cabeza y callar. O mirarnos con
desconfianza. Podría suspirar con voz baja un “los estaba esperando” y levantar
los ojos hacia el cielo raso. O exclamar, con sonrisa de cien dientes, que se
alegra de conocernos. O darnos la mano con frialdad. O tomarnos del brazo con
calor. Quedarse sentado o pararse. Etcétera.
Tal vez se comporte de
manera poco espontánea porque se considera obligado por la cultura de la
empresa. Podría, por ejemplo, mostrarse serio y algo frío porque cree que aquí
no ven con agrado el trato cordial entre jefes y empleados (¡ésta es una Empresa
a la antigua!), mientras, por el contrario, él es un hombre abierto que nos
expresaría enseguida su amistad.O
podría de otro modo mostrarse alegre y simpático porque un líder actualizado - de
acuerdo con lo que leyó en el libro adquirido el lunes en el aeropuerto- tiene
que saber seducir y conquistar, aunque detrás de la sonrisa esconda la gana de
hacernos desaparecer con una varita mágica.
¿Cómo
descubrir la verdad?
Ante tantos “podría” casi
nos perdimos en la niebla. Pero no es así.
Aun en
la hipótesis de que nuestro sujeto supiera fingir magistralmente, es probable
que sería suficiente observarlo con cuidado unos minutos y luego algún gesto,
una palabra, un movimiento nos dirían cuáles son sus verdaderas
características. Todavía más, si descubriésemos que está fingiendo sabríamos ya
muchísimo sobre él.
No nos
daríamos quizá cuenta de la simulación si el individuo, en lugar de ser un jefe
de oficina en una empresa, fuese un gran actor venido a representar un papel. Pero
no me parece que sea éste un caso común en nuestra vida cotidiana,
especialmente en el trabajo.
Ha
llegado el momento de ir a conocer a Juan. Abramos los ojos. Ya nos habían
dicho, y ahora confirmamos, que es un tío rápido: le vemos tomar una lapicera
de un golpe, poner una hoja bajo un montón de papeles sin mirar dónde. Nos ha ofrecido
una ritual sonrisa de bienvenida, la ha borrado al instante y ha empezado a
preguntarnos sobre aquéllo de que nos estamos ocupando. Su manera de hablar es
fuerte y clara. Se interrumpe para dar una orden y contestar brevemente al
teléfono, sin formalidad ninguna, y sigue con nosotros como si no hubiese
habido interrupción.
No
tenemos dudas. Juan, según supusimos, es un D, esto es una personalidad
“Dominante” para nuestra clasificación DISC. Para quienes no la conocieran, algo
parecido a un Extroverso del Myers Briggs, un Extroverso abierto del NEO PI, un
modificador del MIPS, en síntesis una persona activa, decidida e inclinada a
cambiar al mundo a su gusto más que adaptarse él mismo al mundo.
Con
este dato a la mano, si nos tomamos la molestia de reflexionar un momento, colegiremos
con facilidad (y comprobaremos rápidamente con subsiguientes “observaciones de
campo”) cuáles son los métodos de trabajo que Juan prefiere, cómo le gusta que
se hagan las cosas, cómo maneja sus relaciones con los demás. Cabe tener la
seguridad de que:
1: A Juan no le gusta perder tiempo
2: A Juan no le gustan
las charlas improductivas
3: A Juan no le gusta dar ni recibir largas
explicaciones
Podemos meditar sobre el
tema e imaginar qué otras cosas le gustan o no.
No creo
que podamos o queramos saber, sobre estas bases, si sobre las fresas prefiere
limón o crema. Este conocimiento sería del todo irrelevante para motivarlo en
el trabajo. Y en cualquier otra parte, salvo en la mesa del comedor.
Por
tanto, si trabajamos con Juan y deseamos llevarnos bien con él, abstengámonos
de proponerle con insistencia lo que no le gusta: no le hagamos perder tiempo, no
lo atosiguemos con preguntas inútiles, no lo obliguemos a repetirse, no le
exijamos largas y monótonas tareas de detalle.
Si nos
toca ser sus directores cuidemos en particular de no mantenerlo demasiado
tiempo en algo repetitivo y sin sentido de desafío, no aplastarlo con nuestra
personalidad y no respirarle sobre el cuello. Y, sobre todo, no le dejemos
pensar nunca que no le queda ninguna posibilidad de carrera.
Si su
escalada fuese a todas luces imposible, tendremos que reconocérselo francamente
y compensarlo con otras ventajas. Pero preparémonos a aceptar que abandone
nuestro barco sin dudarlo a cambio de un puesto más tentador en otro lado,
aunque nos hayamos desangrado para dejarlo contento.
Si respetamos estas
reglas Juan se sentirá a sus anchas, por tanto bastante motivado a trabajar con
nosotros.
Hago a
un lado voluntariamehte el hecho que, por cierto, hay otros requisitos para una
motivación adecuada, como ser una adecuada retribución y un ámbito de trabajo
confortable. Sin embargo, con la misma retribución y en el mismo ámbito, una persona
se sentirá más o menos motivada, según se respeten o no las susodichas reglas.
Tal vez
alguien crea que estas sugerencias se podrían, como máximo, poner en práctica sólo
con un empleado que va a ser
incorporado pero que, en la mayor parte de los casos, el interesado tiene ya su
función asignada y no es cosa de ponerse –ni siquiera pudiendo- a reorganizar
la oficina para satisfacer sus caprichos.
¡Equivocado!
No es sólo
el “qué se debe hacer” sino el “cómo se lo puede hacer” lo que influye
fuertemente en la motivación.
Imaginemos
que desde hace un año trabaja en nuestra empresa una empleada, también ella D –
Juana – quien, tras seguir el camino impuéstole por su familia de estudiar para
contadora, ha sufrido el sino de caer en la división “contaduría”. Se le ha
encargado la tarea, para ella aburridísima, de controlar las partidas diarias
de entradas, salidas y los movimientos de inventarios. Demos además por sentado
que no nos sea posible hacer otra cosa que mantenerla en esa función.
En
primer lugar habrá que reconocer que no tuvimos una intuición particularmente
feliz al elegirla para esa tarea, no obstante su título de estudio. No porque
alguien sea contador o perito mercantil debe por fuerza ser una persona puntillosa
y amante de tareas de relojero. Un contador o un perito mercantil pueden ser
mucho más hábiles en imaginar fantásticas evasiones de impuestos o en convencer
un cliente de las ventajas de una inversión que en controlar cuentas o explicar
fórmulas financieras.
Sin
embargo, ¡a lo hecho pecho! Contratamos a Juana. ¿Y entonces?
Entonces
preguntémonos si no podremos, en el futuro, darle otra asignación. Si la
respuesta es “sí”, digámoselo sin demora y mantengámosle viva la esperanza.
Pero ¡cuidado con engañarla o nos arrepentiremos!
Podríamos
intentar interrumpir la monotonía de su trabajo con alguna incursión en otras
funciones. Como dirían los expertos, promover un desarrollo “horizontal” (¡job
enrichment o lo que fuese!), pero que no perciba que nos estamos aprovechando
de ella para cargarla con más tareas sin ofrecerle nada concreto a cambio.
Tras
esto analicemos si le estamos dando espacio o la estamos enfermando con nuestra
continua presencia e incesantes controles. No es que no debamos controlar, pero
hagámoslo sin tanta presión, sin estarle tanto encima. Preguntémonos si no somos
demasiado cargosos en exigir formalidades que no son estrictamente necesarias.
Preguntémonos si no la estamos molestando diez veces por día al pedirle
explicaciones o hacernos ayudar en tareas que requieren una paciencia que ella
no tiene. Preguntémonos si no estamos exagerando en darle órdenes y en el modo con
que se las impartimos, mirándola de arriba abajo.
Si logramos
controlar nuestros comportamientos inadecuados limitaremos los daños y, por
cierto, nuestra empleada se sentirá mejor y más motivada a quedarse en la
Empresa y a mejorar relaciones y productividad.
Los
lectores, sabios, habrán desde ya concluido que lo aquí descrito significa
motivación. De hecho, como implícito en lo afirmado inicialmente, motivar es tratar a cada uno como cada uno
prefiere ser tratado
Por
cierto no podremos motivar a Juan o Juana en todo y para todo. Habrá siempre
límites objetivos. No podremos ceder enseguida –tal vez ni siquiera después- a
sus deseos de ser el número uno o ser completamente autónomos en las
decisiones. Podremos sin embargo darles una relativa autonomía y no competir
con ellos por asuntos insignificantes que son, en el fondo, sólo juegos de
poder personal y orgullo. Las consecuencias que seguirán a nuestros comportamientos
adecuados serán sin duda considerables. Las personas que se sienten miembros
eficientes y apreciados de un grupo tienden, a su vez, a ocuparse más del
bienestar de sus compañeros y de la empresa que los une.
Para concluir quiero
agregar –respondiendo a un interrogante de muchos lectores- que poco importa si
el reconocimiento es o no recíproco, si los demás, por su parte, nos tratarán o
no como queremos ser tratados. Los demás no tienen obligación de conocer
técnicas de relación interpersonal; ellos saben mucho mejor que nosotros cómo se
construye una maquinaria, cómo se diseña un puente o se perfora un pozo de
petróleo. Pero nosotros, (pseudo) expertos “en Recursos Humanos” (mejor sería
decir “en personas”), tenemos que conocer estas técnicas, aplicarlas y dar
instrucciones para el uso a quienes deben estar en frecuente contacto laboral
con otros.
Este
conocimiento ayudará a que los sujetos involucrados dominen la situación y no
caigan en la trampa de reaccionar emotivamente, con consecuencias catastróficas
para sus propios intereses y, con gran probabilidad, los de sus colaboradores y
de la Empresa.
Para
ilustrar cómo se pueden acomodar las relaciones tomemos como ejemplo un
empleado, dependiente de Juan, que se presentase ante él para darle prolijas
explicaciones, amenazadoramente armado de un voluminoso cartapacio. Obtendrá casi
con seguridad una respuesta desagradable o, si le fuera mejor, una notable
desatención. A la luz de lo expuesto hasta aquí debería entender que no se
trata de un tema personal, que Juan no lo está maltratando a propósito, que no
tiene una particular tirria hacia él o su corbata, sino que reacciona así
porque él lo está agrediendo en sus preferencias e idiosincrasia al pretender que se sumerja en detalles por más
de un minuto.
En
consecuencia el dependiente debería aprender a no irritarse por las respuestas
que recibe y entender que no hay motivos para sentirse personalmente
despreciado. Así, con un poco de habilidad psicológica, conservará una relación
constructiva, por más que no fraternal, con Juan.
No hay
dudas de que también Juan debería aprender a tratar a su empleado como éste
desea ser tratado, pero de Juanes ciegos y sordos a las necesidades de quienes
los rodean están repletas nuestras Empresas. Sin embargo no podemos prescindir
de ellos. Son demasiado necesarios. Las Empresas no podrían funcionar sin
ellos. Conjuntamente con los defectos traen muchas virtudes: iniciativa, empuje,
garra y mucho de eso que pone en marcha las actividades de nuestro sistema económico.
Por
ende lo importante para sobrevivir sanamente en el diario encuentro requiere
tomarles los tiempos y moverse con discernimiento, evitar en lo posible choques
frontales y darles la medicina que prefieren.
Pero
recordemos que para comprender cómo son los demás y elegir los comportamientos
para motivarlos (y evitar conflictos) no es suficiente el olfato, por más que
sea agudo y bien desarrollado. Así como hemos señalado algunas características de un D, queda mucho por
decir respecto de éstas mismas y de las
características de otras personalidades, además de cómo unas y otras pueden
combinarse para crear perfiles complejos.
Marino Milella
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