Boletín de Recursos
Humanos - Número XVI - Año IV
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Preguntas que
causan discusiones: “¿Hay en nuestros días estabilidad en el trabajo, esto es
alguna seguridad de conservar el puesto? ¿Esta seguridad es realmente una
necesidad o se trata sólo de una extemporánea ocurrencia? ¿Un invento, ¡qué
invento!- como canta Fígaro en el “Barbero”?
¿Qué sucede si
no se le da importancia?
¿Quién se hace
cargo de esto?
No
creo decir nada de original si afirmo que el trabajo, como instrumento de
subsistencia, está en peligro muy serio y que, de nuestra seguridad, o, mejor
dicho, de nuestra inseguridad, poco le importa al desagradecido mundo. A las
Empresas (una abstracción socio/económica/jurídica) les interesa la ganancia; a
los managers les interesa la ganancia como base para
su sueldo, carrera y bonus. Por tanto, si hay que
despedir a los empeados para aumentar las utilidades
(y el bonus), ¡despidos sean! Luego se verá. Si la
demanda crece... ¡quizás...se puedan reincorporar...por contrato a término!
Downsizing, upsizing, robotización, reducción, racionalización,
jubilación anticipada, retiro voluntario. Éste es el nuevo vocabulario. Y “empleabilidad”. Hoy se habla de esto. No más de tener un
trabajo fijo sino de ser “empleables”, de tener
competencias para ser quizá contratados acullí y
acullá. Si creyéramos en ello y considerásemos la empleabilidad
como sinónimo de seguridad podríamos quedarnos felices y contentos.
Sé
que muchos managers objetarán: “No podemos hacer otra
cosa. Debemos sacrificar a unos para no sacrificar a todos. Las órdenes vienen
de arriba”.
¡Tendrán
razón! Pero ¿qué contestaría un médico a quien le dijera que no hay que dejar
de fumar porque hay millones de trabajadores en la industria del tabaco? No hay
duda de que levantaría sus ojos al cielo y repetiría que fumar hace daño. Igual
que la inseguridad. Y las ametralladoras. ¡ Hacen
daño!
Un
tiempo los problemas eran causados por el paternalismo, la relativa
impermeabilidad de las culturas y la escasa competición en los mercados. Hoy
los problemas se atribuyen a la globalización y la competición despiadada.
Sin
embargo no falta –para los que lo sepan y lo quieran ver- el aspecto positivo:
¡quién investiga los problemas de la economía globalizada tiene mucho trabajo!
Yo
entiendo poco de política y economía y no quiero emitir juicios de esta
naturaleza sobre lo que sucede. Demasiado complejo. Quienes de esto saben mucho
lo dicen todo y su contrario, como para confirmar que los economistas están
para que se llenen de orgullo los
meteorólogos.
Dejemos
entonces economía y política e intentemos observar el efecto psicológico de la
inestabilidad -y de la inseguridad que de aquélla se deriva- sobre los
comportamientos de las personas.
¿Por
qué trabajamos?
“¡Que
pregunta tonta! Para sobrevivir..,” responderán
Uds., “…como lo decía el apóstol: Quien
no trabaja no come“-.
Felicitaciones..,
¡si todavía se creen esta patraña!
“Para asegurarnos el presente y el
futuro” podrían agregar,
“como la hormiga”.
Es
cierto, tienen Uds. razón.
Es
cierto. Pero podríamos ahondar un poco. En realidad trabajamos para huir del
dolor. Así como comemos para evitar los retorcijones del hambre.
¿Se
están riendo de mí? ¿Dicen Uds. que comemos para sobrevivir porque es un
impulso natural, no para huir del dolor?
Con
seguridad, a nivel de especie y con nuestra (con)ciencia
de adultos sabemos que es así. Pero el recién nacido que chupa la teta o el dedo, él, individuo y no especie, chupa porque le
duele el estómago y en sus células está inscripto que tiene que chupar cuando
siente un apretón allí abajo.
Así
hemos empezado todos. Ahora, ya adultos, sabemos
que, si no comemos, nos morimos. Pero el nuestro es un saber intelectual
mientras el del niño es un
comportamiento instintivo (específico de la especie, si queremos dejar de lado
una palabra poco científica como “instintivo”): él no sabe que se morirá si no
come, no sabe nada. Intenta escaparle al dolor de la única manera que su
organismo “conoce”: succionando lo que le ponen cerca de la boca.
Para
rehuir del dolor hay que comer, y para comer hay que trabajar (un concepto
amplio, es sabido, algunos trabajan tendidos al borde de la pileta o sudando en
la cancha de golf).
El
trabajo empieza con la succión del recién nacido, se vuelve especializado
cuando el niño aprende a abrir la puerta de la heladera y se perfecciona cuando
el adulto redacta un proyecto industrial.
No
tengo dudas de que, sin esta explicación, si a alguien se le hubiese ocurrido
ir a explicarles que preparan Uds. un proyecto industrial para rehuir del
dolor, le habrían sugerido internarse en un manicomio.
¡Tal
vez Uds. todavía lo piensen, a pesar de la explicación!
Sin
embargo una modesta demostración va a ser suficiente. ¿Qué sienten Uds.
cuando comen? ¿Qué sienten cuando son
despedidos?
Me
remonté a los orígenes de la existencia individual para destacar que la
necesidad de seguridad es algo tan intrínseco a los seres vivientes que no
puede ser eliminada con un gesto de desdén, una leycita ad hoc,
tres palmadas en la espalda o ingeniosos neologismos.
La
inseguridad nos produce tanto dolor –o tanto miedo de sufrirlo- porque pone en
riesgo el acceso a los elementos necesarios para la supervivencia y el
desarrollo.
La
inseguridad nos hace sentir abandonados y alejados de la posibilidad de tener
un espacio nuestro, de conseguir alimentos, reparo, descanso y sexo. Nos
sujetamos a innumerables fatigas para evitarla: vamos a la escuela, a la
Universidad, logramos diplomas, buscamos un trabajo. Le tenemos tal terror que
no nos sentimos nunca bastante a salvo y seguimos toda la vida tratando de no enfrentarla.
¡Bien lo saben y se aprovechan las compañías de seguro!
Todo
lo que hacemos tiende a buscar seguridad. Les parecerá a Uds. sin duda ajeno al
concepto de seguridad el hecho de bordar un mantel con hilos de oro. Más ajeno
aún y, todo lo contrario, opuesto a la seguridad, les parecerá dedicarse a
escalar montañas o tirarse con
paracaídas. Sin embargo estos comportamientos tienen un vínculo muy estrecho
con la seguridad, igual que el que tiene un vaso de geranios florecidos y
coloreados con nuestros balcones.
La
mujer que borda o riega sus geranios, el andinista que escala las rocas o el
paracaidista han sido educados
(modelados/condicionados), por personas por ellas reputadas importantes y
significativas, a construir una imagen de sí que convoque respeto, cariño,
admiración, ingredientes necesarios para ganar dinero y alcanzar seguridad. El
que es querido, apreciado o reverenciado consigue los bienes necesarios con más
facilidad que quien no lo es. Bordar o
escalar montañas son acciones útiles para construir una imagen positiva y ser
apreciados, así como en ciertos casos pueden serlo el fumar la pipa, dejarse la
barba, vestirse de gris o ponerse cualquier otra “máscara” que sea bien
considerada por un particular grupo o sociedad.
Podemos
ahora darnos cuenta de que la estabilidad en el trabajo o seguridad del propio
empleo es no sólo una necesidad –verdad de Perogrullo- sino una necesidad tan
fuerte como para determinar el rumbo de nuestra vida.
Pero,
¿cuál es el contenido mínimo de este concepto? ¿En qué consiste la
seguridad? ¿Cuáles son las cosas de las
que no podemos hacer a menos para no sentirnos mal?
¿Puede
definirse como seguridad el “tener alimentos suficientes para la jornada”, como
lo sostenía una añeja teoría económica, o hay que incluir algo más?
Desde
la perspectiva –si bien artificiosa- de los dos planos de “naturaleza y
cultura” observamos que, ya en la naturaleza, los organismos vivientes
seleccionan ambientes en los que sea posible comer hoy y mañana, moverse,
descansar y reproducirse.
La
especie humana, que ha inventado la cultura (cuando estaba en un momento
evolutivo a mitad de camino entre el mono y el hombre) necesita de todo esto y
de unas cuantas cosas más que –lo tiene aprendido- son necesarias para ser
felices: teléfonos y celulares, automóviles y televisores, ordenadores,
vacaciones de lujo, poder, amor y así siguiendo.
En
realidad no es la “especie humana” la que necesita todas estas cosas, sino los
hombres individualmente. La especie –tenía quizá razón la añeja teoría
económica- necesita poco, lo mismo que cualquier otro animal: un poco de
verduras, algo de carne y nueces, agua, sol y una cueva. Los individuos, por el
contrario, han aprendido a necesitar mucho más. Y los maestros de esta
enseñanza –los que nos han enseñado a desear chocolate porque nos lo dieron a
probar o a desesperarnos por una cuatro x cuatro porque la muestran como señal
de conquista o poder- son los mismos que
nos dicen que tenemos que trabajar (trabajen, trabajen, trabajen) para
comprarlos. Pero después, cuando queremos trabajar, nos dicen que hoy quizás,
mañana no se sabe. Tal vez no sean las mismas personas, o tal vez sí, pero esto
no importa.
Un
director de RRHH de una de las Fortune 500 me ha
escrito que ha leído una noticia interesante en la importante revista médica Lanciet. Según el artículo, un eminente neurólogo del Instituto Carelinska
de Helsinki acaba de descubrir que la ablación (eliminación) de la parte
central de la substancia nigra
y del borde inferior del cíngulo en los hemisferios cerebrales no causaría otro
efecto que la pérdida de la noción temporal de “futuro”, dejando intacta la
función de orientación temporal en el presente. Esto –según los investigadores-
sería un resultado extraordinario, porque eliminaría toda preocupación y
ansiedad respecto de lo que pudiera traer el mañana.
Mi
amigo no sabe si las autoridades del Federal Work Committee autorizarán un programa de adhesión (voluntaria,
por supuesto) a la ablación. Sostiene que puede traer notables ventajas
competitivas en cuanto los ablados se sentirían mucho
más felices que el resto de los empleados y trabajarían con mucho más
entusiasmo.
Me
gustaría que mis lectores me hicieran saber qué piensan al respecto.
Hasta
la próxima
Marino Milella
Escríbanle a Marino: mmilella@counsnet.com
* El Dr. Marino Milella es Doctor en Psicología Clínica, Abogado. Especialista en Asesoramiento Jurídico de Empresas (U.B.A.), ex- Profesor de Derecho Comercial (U.B.A. y M.S.A.) y Profesor invitado de Psicología de la Conducta, Master Trainer the Trainers de Carlson Learning Co. MN. U.S.A, Miembro de la A.A.B.T. (American Association for Advancement of Behavior Therapy), Investigador en Psicología de la Conducta Individual y Organizacional, Consultor de Empresas en Sistemas de Gestión de Recursos Humanos y Docente de la Dirección Nacional de Formación Superior del Instituto Nacional de la Administración Pública (I.N.A.P.)